“El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, que es el Señor, es del cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial”. 1 Corintios 15:47,48,49.

El Señor quiere que volvamos a tener Su imagen mientras estamos aquí en la tierra; y la forma en que El diseñó esta maravillosa transformación es a través de un encuentro vivo y real con la gloria de Dios.

Cuando estás mirando esa gloria, cuando puedes pasar horas mirándolo a cara descubierta, tu espíritu empieza a impregnarse de todo lo que Él es.

Es una experiencia real que afecta todo tu ser. Cuando lo miras a Él, tu nivel de fe llega a estaturas estratosféricas y todo se torna posible y factible.

La prisión verdadera en que nos encontramos es nuestra propia mente, llena de incredulidades y de velos que nos impiden ver. Pero gloria sea a Dios, que proveyó para nosotros el Espíritu, para que donde Él esté, venga la liberación de nuestro espíritu, y podamos entrar a las dimensiones y a los niveles extraordinarios que consisten en poder ver el Reino de Dios.

El clamor del Espíritu Santo es ver su persona transformada, moviéndose en el mismo poder de Jesucristo, y haciendo mayores obras que las que El hizo cuando estuvo en la tierra, como El mismo lo anunció.

Oramos: Aquí estoy Señor, mi vida te pertenece, acepto que Tú moriste por mí, perdona mis pecados, lléname del poder tuyo para ser Tu imagen, en el nombre de Jesús, amén.

¿Se puede realmente ver a Dios y vivir? Desde luego que sí. Esta es la experiencia de gloria reservada para todos los que aman a Jesús de verdad.

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