“Así que, si al llevar tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí mismo delante del altar y ve primero a ponerte en paz con tu hermano. Entonces podrás volver al altar y presentar tu ofrenda”.

Mateo 5:23

El amor de Dios sobrepasa todo entendimiento, lo que para nosotros es tan difícil de hacer en amor, para Él no lo es, pues Él es amor. Por lo general las personas condicionamos nuestra manera de amar; es decir, es fácil amar a quien te trata bien, a quien no refuta tu manera de pensar o tu forma de ser, pero que tal si vamos más allá y empezamos a analizar verdaderamente la forma en que estamos amando a nuestro prójimo, por ejemplo: ¿en este momento recuerdas a alguien que te ha lastimado y al recordar a esa persona o ese suceso, sientes dolor?

Si tu respuesta es sí, siento decirte que tu forma de amar está condicionada y no estás amando de una manera verdadera como Dios quiere que lo hagamos. En algún momento de mi vida pensaba que ya había perdonado a algunas personas, pero con el pasar del tiempo el Señor me fue poniendo a prueba y cada vez que Él me pedía que hiciera un acto de amor y de misericordia con una de estas personas, sentía resistencia y el dolor que me habían ocasionado se revivía en ese momento, entonces comprendí que mi corazón todavía no estaba sano y que en él existía falta de perdón hacia aquellos que me habían causado dolor.

Muchas personas dirán, pero es que cómo se hace para perdonar a alguien que hizo tanto daño; ahí precisamente es donde está el punto, creemos que somos nosotros los que hacemos la obra, creemos que tenemos la autoridad y el derecho de dar o retener el perdón a alguien.

El perdonar no es una cuestión de sentir o querer hacerlo, el perdonar es un mandamiento de Dios, sencillamente hay que hacerlo y cómo, pues decidiendo hacerlo, el Señor se encargará de hacer lo más difícil “sanar nuestro corazón”.

Oramos: Dios, todopoderoso eres!, gracias por ser mi Padre, guardarme, entregar tu Palabra deseo. Dame un corazón lleno de amor y misericordia. Quiero experimentar la libertad de nuestro Señor Jesucristo; me arrepiento de mis pecados y faltas, para que tu infinita gracia me concedas, en el nombre de Jesús, amen.

¡Si tienes amargura en tu corazón, es porque no has perdonado o no has pedido perdón; ten cuidado, no te condenes a sí mismo por la falta de perdón en tu corazón!

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