El lema “Más rápido, más alto, más fuerte” suele ser una buena idea en el terreno deportivo, pero no necesariamente cuando se lo antepone a la creación artística. Hay excepciones, como bien lo sabe Tom McGrath, el director –entre otros títulos animados– de la trilogía Madagascar, en la cual supo explorar y llevar ese concepto al extremo, mejorando cada entrada sucesiva de la saga hasta aterrizar en el absurdo frenético del tercer capítulo, que estaba felizmente más cerca del surrealismo slapstick de un cartoon de la Warner que de cualquier otro formato al uso.

Con la reluciente secuela de su anterior Un jefe en pañales no ocurre lo mismo. Por el contrario, se trata de una película tan bochinchera, tan “movamos todo el tiempo las cosas, que la gente se aburre”, que el resultado es un relato innecesariamente asfixiante. El concepto original (el bebé de la familia es en realidad el enviado de una corporación secreta que habla, usa traje y sólo le falta un habano en la boca) vuelve a repetirse, aún a riesgo de perder su escasa originalidad (¿Alguien recuerda Mira quién habla?).

En Un jefe en pañales 2: Negocios de familia el tiempo ha pasado y Tim (voz de James Marsden), el hermano mayor del otrora bebé empresario, es ahora un esposo y padre de familia acomplejado por la maduración emocional de su hija de diez años. La otra es apenas una beba, peeeeeeeero… Así es: el milagroso truco vuelve a ocurrir. A partir de la revelación, quien llega de visita es el hermanito de Tim, Ted (nuevamente Alec Baldwin), totalmente amnésico respecto de su pasado como miembro de The Baby Corp, aunque no hay nada que un viajecito a las oficinas centrales no pueda revertir.

Y listo. Con ese prólogo ya están dispuestos todos los peones para otra aventura en pañales, que arranca con una persecución por las calles de la ciudad con altas dosis de destrucción. Y que continúa en una escuela para chicos súper inteligentes o en vías de serlo, fachada para un maléfico doctor Armstrong (la voz le pertenece a Jeff Goldblum) cuya intención es más o menos cancelar a los adultos y dominar el mundo desde la sillita de comer. En definitiva, un mundo sin infancia.

A grandes rasgos, si algo diferencia a las producciones animadas de DreamWorks de las de Pixar es su énfasis en el movimiento febril, con estructuras narrativas menos atadas a los tres actos tradicionales, más cercanas a una sumatoria de secuencias entrelazadas por un arco dramático de peso pluma. Cuando todo funciona, como en Madagascar 3, los resultados son atrevidos y estimulantes; cuando no, como en este caso, las partes no cuajan en un relato del todo satisfactorio. Por supuesto, la técnica es estupenda y el uso de los colores superlativo, y hay varias secuencias y gags por demás eficaces.

Pero ni los mensajes sobre la superación de los miedos interiores o la importancia del vínculo entre hermanos ni la insistencia en hacer ruido visual y sonoro todo el tiempo terminan de convencer. Y sí, habiendo un juguete abandonado en el desván los realizadores no podían perderse la oportunidad de hacer algún chiste indirecto con los personajes de la saga Toy Story. Pero esa es otra historia.

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